1 septiembre, 2016

Julio Mateos

Julio en El Pino

Julio en El Pino

En compañía de Marisa, Raimundo y Juan

En compañía de Marisa, Raimundo y Juan

Paisajes familiares

Paisajes familiares para sentir el paso del tiempo

Breve biografía personal y profesional

Julio Mateos Montero (Vitigudino, Salamanca, 1946) hace sus estudios secundarios y la carrera de Magisterio en Cáceres. Ingresa, por concurso-oposición, en el cuerpo de Magisterio en 1966. Por las mismas fechas cursa estudios de Biología en la Universidad de Salamanca que abandona en el último curso. Se licencia en 1994 en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de Salamanca.
En 1968 ingresa en el PCE, donde ocupa cargos de responsabilidad y abandona el partido en el año en que éste es legalizado en España (1977). No ha tenido con posterioridad otra militancia política.
En 1971 comienza a ejercer como maestro en el medio rural salmantino y desde entonces hasta su jubilación en 2006 ha permanecido activo en el magisterio. Se dedica a tiempo completo a actividades sindicales desde 1986 a 1995, años en los que combina esas responsabilidades (Secretaría General de la Federación de Enseñanza de CC.OO. de Castilla y León) con trabajos en el campo de la innovación educativa, coordinando el “Grupo Alba” y llevando a cabo otras actividades de formación del profesorado. Participa en los orígenes de la Federación Icaria (Fedicaria) y se incorpora al Consejo de Redacción de la revista ConCiencia Social. En dichos colectivos, ha desarrollado, en los últimos años, un intenso trabajo intelectual y organizativo, hasta su voluntaria dimisión en los mismos en 2013.  En 2006 se jubiló.
Es Doctor por la Universidad de Salamanca y obtiene Premio Extraordinario, con la tesis: La construcción del código pedagógico del entorno. Genealogía de un saber escolar, leída el 19 de abril de 2008. Esta investigación y otros trabajos que en torno a la historia del conocimiento escolar y otros dominios temáticos que aparecen en las páginas de este “sitio web” han sido la parte de su producción especialmente vinculada al Proyecto Nebraska.
Es autor de más de cuarenta publicaciones entre artículos, libros, colaboraciones en obras colectivas, manuales escolares y otras obras realizadas en diferentes formatos.
Tanto la formación intelectual de Julio Mateos como la formación de gustos, afectos, deseos y demás facetas que constituyen su pensamiento y sentir, se han forjado en ámbitos públicos y privados no académicos, siempre extraescolares, y muy particularmente entre las redes complejas, —elásticas y cambiantes, pero también reposadas y acogedoras— de la amistad y de los compromisos sociales compartidos.

Para contactar con Julio Mateos: juliomateosmontero@me.com

Bibliografía e información complementaria

 

Recientemente he publicado un nuevo sitio web, más personal y relacionado con aspectos concretos de la memoria y de la práctica profesionales. Se llama Materia y fantasía pedagógicas. Incluye una seccion bibliografica que da acceso “en linea” a buena parte de mis publicaciones. Contiene más que las ya recogidas en la sección de trabajos y publicaciones, la cual responde a una selección ordenada y estrictamente vinculada al quehacer nebraskiano.

Basurero Original (1 of 1)

Lugares y carácter de una educación informal
(hablando ya en primera persona)

 

Es harto sabido que los lugares donde se desarrolla la educación de los sujetos desbordan con mucho el ámbito escolar. En realidad, la escolarización formal ampliada y masiva es cosa de hace relativamente poco tiempo y han sido la familia, las organizaciones sociales (religiosas y civiles), los grupos de amistad, los contextos de trabajo y otros donde se han construido socialmente las mentes de los humanos.
Incluso en la presente sociedad educadora, que nos mantiene dentro del aparato escolar durante una enorme cantidad de tiempo, no se puede afirmar que esa educación institucionalizada haya cumplido precisamente una eficaz labor en favor del conocimiento y mucho menos que éste haya sido compañero del placer. Ciertamente, no todos hemos tenido un igual aprovechamiento de las aulas. Pero, al menos en mi caso –y me consta que en ninguna forma es un caso singular– la formación (prefiero este término al de educación) intelectual, sentimental, profesional, política, etc. no proviene de la escuela sino de su exterior, especialmente de grupos de amigos, de comparsas unidas por intereses, por afinidades éticas y estéticas y en lugares públicos como cafeterías, bares y la misma calle. También en el seno de organizaciones políticas y sindicales. Poco, muy poco, debo a la escuela, incluyendo la Universidad, y entiendo muy bien a aquel que decía que «desgraciadamente tuve que abandonar muy pronto mi educación por tener que asistir a la escuela». Los testimonios de experiencias parecidas son abundantes y contundentes, tanto los de notables personajes del mundo de la cultura como los de otros que no han alcanzado la fama. Decía Stephan Zweig –por citar un caso entre tantos– que las insípidas y esclerotizadas enseñanzas que sufrió en su bachillerato quedaban muy por detrás de lo que con pasión y alegría aprendía junto sus compañeros en los cafés y tertulias literarias de su Viena natal.
Sin hacer, ni mucho menos, un ejercicio de memoria sistemático y analítico de esos lugares y del carácter de mi formación en espacios informales, expongo en forma de breves textos y fotografías, remitiendo de vez en cuando a algunos escritos, una revisión impresionista que permita intuir el recuerdo que confirma lo dicho.
Primeras experiencias juveniles que han dejado una huella importante
A mediados de los sesenta del siglo pasado, yo vivía en Cáceres, durante la adolescencia y la “primera” juventud, cuando por esas circunstancias que son aprovechadas por intereses comunes poco conscientes y mal definidos, cumplí (cumplimos) aquello de que «dios los cría y ellos solos se juntan». Un reducido grupo de amigos, con la peculiar forma que se aprecia la amistad en esas edades, nos sentimos con capacidad para leer, escribir (sobre todo poemas), beber, fumar y cantar juntos; para oír música (casi toda aquella que no estaba de moda) y maquinar actuaciones públicas con descarado espíritu de transgresión, hasta el punto de adoptar un nombre para el grupo: La copa vertida. Viene como anillo al dedo traer aquí dos poemas de Omar Khayyám escritos hace casi mil años: Solamente en las tabernas….pdf

copa vertidaNo tardamos en hacernos notar y aparecer “en los papeles”, por ejemplo en La Estafeta Literaria (foto de la izquierda, 1968), y no digamos en ciertos espacios públicos del aislado, provinciano y pequeño mundo de Cáceres, sin Universidad ni focos de actividad heterodoxa destacable. Teníamos un gusto antiguo y determinados signos culturales con los que se ha relacionado a “la década prodigiosa” (digamos el mundo “ye-ye”) nada tenían que ver con nosotros. Los estudios de grado medio que cursábamos no nos aportaban gran cosa al conocimiento adquirido en nuestra propia compañía. Especialmente en mi caso, que fui mal estudiante, poca cosa y sin interés obtuve de mi escolarización.
Dar charlas en la Casa de la Cultura, montar alguna exposición de dibujos, representar en un pueblo Sancho Panza en la Insula de Alejandro Casona y recitar poemas de Lorca, Miguel Hernández, Nicolás Guillén,… fueron actividades prototípicas de La copa vertida, y en ellas, años más tarde, he visto sorprendentes similitudes con prácticas culturales como fueron las Misiones Pedagógicas. No sé hasta qué punto los parecidos respondían a la casualidad o si entre nosotros alguien daba pasos para emular aquello de lo que ya se tenía conocimiento y era altamente valorado.
Pero la mayor parte de las energías y el tiempo las dedicábamos a esa comunicación formativa entre nosotros mismos. Los paseos, nuestras casas y algunos bares (espacios públicos pero en “sitios” reservados por ocuparlos con persistente asiduidad) son los lugares de esa formación informal, fundamentada en el principio de aprender con el diálogo –de todo punto irrealizable en las aulas– o, más precisamente, aprender en la práctica social de un grupo que intencional y voluntariamente aspiraba a construir su identidad. Unos deseos, no exentos de narcisismo juvenil, que no se corresponden con el actualmente muy usado concepto de “aprendizaje entre iguales”, que es un artificio psicopedagógico más propio de contextos imaginarios que reales. Tampoco la autonomía de nuestra formación se correspondía con la que se adquiere en organizaciones sociales y políticas dadas pues el carácter de esta última es bien distinto. Para nosotros llegaría un poco más tarde.

 

respeto al pasado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La “singularidad” de mi formación, fiel réplica de múltiples “singularidades”

 

Mucho debo, pues, a aquella formación informal y a otras del mismo carácter que siguieron. Le debo todo lo importante. Lo contrario que a una larga escolarización, tan larga que aún después de jubilado no me libré totalmente de ella, a la que en cualquier caso sólo debo las titulaciones pues es, al fin y al cabo, la fundamental función que tiene el sistema de enseñanza. Una función nada despreciable, pues casi ella sola se bastaría para justificar el sistema y para imprimirnos el ethos escolástico (escolar).

En realidad son tantos y tan viejos los diferentes espacios marginales a la escuela en los que se ha socializado el conocimiento y se ha forjado la identidad de los individuos implicados con resultados enormemente productivos en la cultura contemporánea que merecerían más atención de la que la sociología de la cultura les ha dedicado –aun siendo esta un campo de notable desarrollo–. Creo que fue Valle-Inclán el que dijo que «el Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres academias y universidades». Sin remontarse a las academias literarias del Siglo de Oro, podemos rememorar desde las aristocráticas tradiciones de las tertulias a las que se incorpora la burguesía ilustrada haciendo privado lo público (que dieron origen a las Academias científicas) hasta las peculiares formas de asociación de las clases trabajadoras, cuyo sentido y rasgos, tienen orígenes y entidad bien distintas. Entre medias, con especial significado para lo que fueron mis experiencias culturales de juventud, la pequeña burguesía construyó sus propios lugares de formación y producción cultural. Como es sabido, ese inquieto grupo social supo siempre encontrar alianzas interclasistas, comparecer y actuar en momentos determinados junto a elementos obreros y aún con formaciones organizadas de las clases tradicionalmente excluidas del saber culto (tanto escolar como extraescolar). Para acercarnos a lo que nos ocupa, en España esa alianza político-cultural y educativa inspiró todo el proyecto progresista que lleva a la II República y, años después, aparece nuevamente en escena, en el franquismo, con mayor presencia cada vez. Los años sesenta no sólo significaron un acelerado proceso hacia la educación de masas (y los principios del movimiento estudiantil en las Universidades) sino la eclosión de grupos culturales circum-universitarios. Obviamente pueden darse explicaciones relativas a las similitudes que históricamente determinaron un perfil bastante homogéneo de tales grupos. Nacieron ocasionalmente al margen de las tendencias de masas y modas, usando un catálogo prácticamente común de autores nacionales y extranjeros, de las mismas casas editoriales, con similares lugares y actividades para el intercambio de los trabajos e ideas, usando de estructuras “oficiales” para dar un amparo a lo que se fraguaba contra el mismo orden establecido, etc. Todo eso, efectivamente es explicable. Sin embargo, no me convencen explicaciones simples del tipo “la lucha antifranquista”, el influjo de la apertura a corrientes críticas en el ámbito internacional, etc. Hay detalles, coincidencias muy precisas, entre grupos de jóvenes que no tenían relación directa o indirecta entre sí y, sin embargo, reproducían unas mismas pautas de pensamiento, de acción y mecanismos de identificación. Tal vez conviene recordar que hace cincuenta años los cauces bibliográficos para la comunicación entre esos nichos que emergieron con bastante espontaneidad e independencia eran muy escuetos, que los medios de comunicación de masas eran cauces muy secos y tutelados y… qué decir de lo que entonces sería ciencia ficción: las actuales redes de comunicación por máquinas electrónicas. Aquellas experiencias – he tendido ocasión de estudiar con detenimiento algunas muy concretas de los mismos años– eran, rotundamente singulares, minoritarias; parecían una original flora endémica de su mismo micro-contexto. Pero tal singularidad, paradójicamente, se repetía de forma independiente aquí y allá. Nuestro caso me sorprende aún más al ser Cáceres, por entonces (no después), una ciudad muy aislada, carente de universidad, sin mentores o tradiciones culturales manifiestas en la línea que nosotros seguimos,…
En fin, el gusto por la belleza plástica y lírica, por toda la deslumbrante producción cultural que con buen criterio se calificó de burguesa (no se entiende bien por qué esa afirmación de antaño se repele con tanto calor en el presente, sin que se haya encontrado un epíteto más ajustado y cierto; o manteniendo la aún más dudosa teoría de que la cultura es inclasificable socio-lógicamente hablando), ese gusto, digo, encontró al poco tiempo una fuerte contestación. El grito de Gabriel Celaya: «maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales» resonó por todas partes o ellos mismos, los Celaya, Blas de Otero, etc. fueron portavoces de un sentir expansivo que hacía presa, al menos, en una minoría de “prometedores jóvenes”. En ese ambiente estábamos los que nos ocupábamos de darnos a nosotros mismos una educación de calidad inalcanzable en los interiores de un sistema educativo que, también por entonces, se empezaba a proyectar “para todos y para todas”.

Al hablar así no pretendo hacer del vicio virtud pues, en mi caso, dar la espalda al aprendizaje escolar para entregarme a los saberes adquiridos en otros contextos más dionisíacos no vino de una “iluminada determinación”. Sencillamente mi aversión profunda a la escuela es la que sentíamos una mayoría, y por tanto, era común, vulgar,… nada de “pose” bohemia contraria al sistema. Nada, pues de moverme por el viento de la liberación, sino más bien de hurtar el deber por falta de voluntad con no pocos sentimientos de culpa.

La ruptura y la continuidad de “la copa vertida”

 

Las relaciones del grupo se mantuvieron durante los primeros años en que unos fuimos a estudiar a la Universidad de Salamanca. Pero la dispersión, la incorporación al trabajo, la constitución de núcleos familiares y la incorporación a la militancia política fueron factores concurrentes en la disolución de nuestra pequeña comparsa (que no de la amistad). Esa militancia reordenaba profundamente las relaciones de cada cual. El ser estudiante, esa específica condición sociológica que puede definirse como el arte del ocio y de perder el tiempo, había quedado atrás.
Sin negar en absoluto la función formativa que los partidos políticos ejercieron en mi generación, tal formación era de muy distinto carácter –no será necesario dar muchas explicaciones de ello–. En mi caso la organización política (el PCE) y luego la sindical (CC.OO.) ocupó más de veinte años, de los cuales casi la mitad fueron en régimen exclusivo de “liberado” para una u otra organización. Lo que allí sustancialmente aprendí se refiere a la misma lógica y dinámica de las organizaciones y, junto a vivencias y deudas dignas de recordar, de una gran parte prefiero no acordarme. Nada de arrepentimiento, simplemente aquí y ahora toca hablar preferentemente del conocimiento valioso y sus contextos de producción.

Con dos amigos de "La copa vertida", Felipe y Rafa, cuarenta y cinco años después

Con dos amigos de “La copa vertida”, Felipe y Rafa, cuarenta y cinco años después

Así, la formación en compañía de amigos tuvo continuidad en otras latitudes, con otros intereses y, digamos que enriqueciendo la anterior.
Los grupos de madurez con los que compartí una formación académica de post-grado, pero con clara independencia de la academia, fueron los de Fedicaria y, más concretamente, los del Proyecto Nebraska. De esta parte ya se ha dado amplia información en publicaciones y en este mismo sitio- web.

No hay nostalgias en mi rememoración del contexto y del transcurso de aquella seminal camaradería. Sí hay una justa y alta valoración de su significado como apertura al conocimiento. Y, especialmente, de un hecho cierto: muchos años después el aprecio y cultivo de la vieja amistad, permaneció vivo.

shapeimage_7

 

 

Escueto balance de la vida productiva y el posterior retiro

[APARTADO EN CONSTRUCCIÓN]

esto no debería aparecer sino despuès de darle al leer más